Siempre se nace en una lengua. Nacemos delimitados por las coordenadas de los códigos lingu¨ísticos que heredamos y eso hace que la lengua sea nuestra condición de posibilidad, pero también nuestra condena. Los límites de nuestro lenguaje son también los límites de nuestro mundo. Pero entonces ¿qué ocurre en los contextos de contacto de lenguas? ¿Qué pasa cuando ciertos códigos hegemónicos ensanchan sus límites a costa de otros? Y ¿qué pasa, así mismo, cuando interactuamos con animales no-humanos que tienen umbrales de lo visible, de lo audible... diferentes al nuestro?